Ana Cristina Chávez
Así como de las mágicas manos de los
artesanos brotan hermosas creaciones, de los corazones de profesores,
estudiantes, trabajadores y obreros debe nacer la nueva universidad del estado
Falcón: la Universidad Politécnica Territorial de Falcón “Alonso Gamero”. Una
gran casa que albergue los saberes populares mezclados con los saberes
científicos y académicos, pero esta vez con una nueva visión, donde academia y
pueblo se fundan en un solo cuerpo generando una novedosa manera de construir
el conocimiento. Esta gran casa tiene que convertirse en una congregación, tal
como lo afirma Cheo González: “…Tiene que ser una congregación. Con alas. De
corazón abierto para que la gente crezca de puertas adentro. Una congregación
de respiros mutuos. De suspiros que se avivan con el trabajo fecundo y
cotidiano de hombres y mujeres que se renuevan en la labor cumplida de todos
los días”.
En tal sentido, la universidad revolucionaria
debe ser un gran sitio de reunión, donde confluyan todo tipo de pensamientos,
de ideas, creencias, deseos, aspiraciones y modos de vida. Donde no existan
fronteras ni se le abra camino a la indolencia, a la mediocridad, al
escepticismo, la intolerancia, al egoísmo ni a la envidia. La nueva universidad
debe ser transparente, armoniosa, solidaria, más sensible y humana, donde las
ideas se debatan con argumentos. Debe promover la investigación, el arte, la
cultura, la innovación, la creación de tecnología propia, la inventiva, el
pensamiento crítico y el desarrollo humano en colectivo.
Pero
la nueva universidad no se decreta ni cae del cielo (parafraseando a Michael
Lebowitz), porque aunque ya existe un marco legal que la sustenta, la ejecución
de los Programas Nacionales de Formación aún presenta grandes deficiencias,
producto de la desorganización, inoperancia ¿y saboteo? de los órganos de
dirección. Pero pienso que debemos ir más allá, ahondando en las mentes y
espíritus de quienes integramos la naciente universidad, para preguntarnos:
¿Realmente aspiramos constituir una nueva institucionalidad, con valores
novedosos y una nueva ética? ¿o acaso preferimos mantener los mismos vicios y
conservar el estatus quo porque así nos sentimos más cómodos y seguros?
¿Estamos comprometidos con la construcción de una patria nueva con principios
socialistas en donde prevalezca la verdadera democracia participativa y
protagónica? Hay que sincerarse, poner las cartas sobre la mesa y entender de
una vez por todas que la sociedad ha cambiado, que urge el surgimiento de una
nueva forma de vida, porque el individuo egoísta e intransigente le ha hecho
bastante daño a la humanidad.
Necesitamos una sociedad distinta, y las
universidades con su papel formador no escapan de esta realidad. Es
imprescindible que en las instituciones universitarias del tercer milenio se
desarrollen relaciones innovadoras en las que predomine la comunicación
dialógica, participativa, horizontal y democrática, no sólo al interior de
ellas sino también en lo externo, mediante el contacto directo con las
comunidades. Y una manera de contribuir con esto es efectuando cambios
conceptuales en la enseñanza, el aprendizaje y la práctica del lenguaje y la
comunicación.
De
esta manera, comparto la visión de Barrera Morales (2005), de que el ser humano
es un ente comunicativo y complejo, pues entiendo que el ser humano es, en sí
mismo, comunicación, y que se realiza a través de la comunicación, definiendo
sus relaciones, cultura, acciones y modo de vida, siendo por tanto, capaz de
desarrollarse y satisfacer sus necesidades en y desde la comunicación.
De allí la importancia de asumir la
comunicación y el lenguaje desde la perspectiva de la complejidad y la
transdisciplinariedad, puesto que como el hecho comunicativo permea cada uno de
los momentos de nuestra existencia, su conocimiento y práctica no debe verse
fragmentado como una pequeña parte del todo, sino como una parte y el todo a la
vez, según el principio hologramático que define Edgar Morin. Por otra parte,
Nicolescu, citado por Becerra, sostiene que “…una cultura transdisciplinaria…
es imposible sin un nuevo tipo de educación, que tome en cuenta todas las
dimensiones del ser humano… una nueva educación no puede ser sino una educación
integral del hombre, que se dirija a la totalidad del ser humano y no a uno
solo de sus componentes, que implique no solo la inteligencia, sino también la
sensibilidad y el cuerpo”.
En consecuencia, al comprender la
comunicación y el lenguaje desde un enfoque diferente y más amplio,
contribuiremos significativamente en la construcción de una sociedad mejor, más
abierta, plural y horizontal donde sus integrantes se vean como colectivos en
permanente relación. Esto también se traducirá en una universidad nueva, donde
los procesos comunicativos entre iguales permitirán la integración, cohesión y
desarrollo social.
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